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Mis Pies me llevan a donde está mi Corazón

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Publicado de en Colombia · 22 Julio 2019
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Tras las Huellas de los Fundadores Montfortianos:
Mirada desde una peregrina laica
 
COLOMBIA - Por primera vez en mi vida mis pies soportaban un paralizante frío, encharcados de pisar los colchones de musgos y bajo la caída imponente de una magistral cascada, con la que pretendía lavar el limo acumulado en mis tenis en donde por un descuido, había sumergido parcialmente mis piernas mientras intentaba en vano, no perder el equilibrio, intentando seguirle la pista al curso del agua.
 
Quienes nos sabíamos peregrinos, organizamos nuestro apostolado antes de partir. Anhelaba esta Peregrinación con ardor, pues deseé participar hace once años y en ese momento no invitaban a los laicos. Pero el maestro llega cuando el discípulo está listo, le he escuchado al padre Jaime Oved, gracias a Dios, este padre misionero tiene el talante para emprender estos proyectos que no son nada fáciles en términos de logística.
 
Partimos a mediodía desde Paipa. Nuestro envío fue celebrado con la vida del padre Pablito anticipando un poco la fiesta de su cumpleaños en comunión con las hermanas del Foyer de Charité, una de ellas: Sandra, emprendería también con mucha ilusión esta aventura al igual que Nathaly, joven psicóloga que anima la Escuela de Formación Básica en la Fe; por supuesto los novicios (Bendy, Jouby, Gregory, Ducano y Cristian) con su maestro, y yo que acompaño el proceso de Evangelización.
 
En la noche, nos encontramos con el padre Álvaro y padre Jorge Enrique, celebramos la Eucaristía en la parroquia de Belén; presidió el padre Jaime Oved y contagió a la asamblea de preparar una “sopa de piedra" en la que todos podamos hacer el milagro del compartir, del repartir con amor; al finalizar fue tal la emoción que un joven universitario: Braian, decidió unirse a la peregrinación al día siguiente. Esa noche junto al padre José Luis contemplamos los cuadros y fotografías que nos hablan del pasado de ése templo a donde llegaron los primeros montfortianos: su fuente, sus calles empedradas, los rostros de orgullo de erigir una nueva obra de evangelización.
 
Destino del nuevo día: Choachí. La alegría se intensificaba con el encuentro de los peregrinos provenientes de Bello: padres Flower y Rafael, prenovicios Didier, Ferney y Mario y Duvan joven de la parroquia. El hogar sacerdotal nos recibió con los conmovedores testimonios de los padres mayores que compartieron sus gratos recuerdos de aquellos días cuando hicieron su formación por los lugares a dónde iríamos, y el cálido recibimiento del padre Motta, que insistió en que lo que nos tiene mal es el pesimismo y que, si los fundadores pudieron hacer tanto por la iglesia, por qué nosotros no. Estuvimos en el antiguo seminario menor con la melancolía de ver una primera construcción deteriorada y sentí nostalgia al hacer un comparativo con una vieja foto que encontré en Villao, donde lucía florecido con rosas y vocaciones.
 
Al otro día madrugamos a la laguna de Chingaza, allí mientras hacíamos la oración  la naturaleza nos permitió admirar por unos segundos un coatí y una tímida venada cola blanca. Nos dispusimos a seguir al joven guía Miller, un campesino natural de San Juanito, (nuestro siguiente destino), un hombre místico en esencia de tanto transitar en medio de un paraíso. A la primera montaña la llamó Nairo, (imaginarán por qué) nos condujo con paciencia hasta conducirnos por cadenas de hermosas lagunas adornadas por miles de erguidos frailejones, ¿cuántos años tendrían? pensó alguien, sin lugar a dudas, así como nos veían intrigados a nosotros, también habrían visto pasar a los padres fundadores. Cada que avanzábamos nos sorprendíamos con más y más belleza. Ya cuando iniciábamos lo que llamaría el descenso a casi mitad de recorrido y cuando se había dispersado el grupo, un poco por la afectación de la altura, frío penetrante, pies mojados y el cansancio, escuchamos un único lamento de dolor que precedió a una fortaleza y ecuanimidad admirables procedentes  de la hermana Sandra, ante un tobillo que se observaba fuera de lugar y que le impidió continuar a pie. Se improvisó una camilla, armada con dos varas y unos sleeping y se entablilló con unas cotizas, se trasladó a la peregrina con mucha dificultad por el sendero angosto y escarpado, en este  momento se destacó  el espíritu misionero y solidario de los jóvenes novicios para conducirla  hasta un campamento cercano, al rato, nuestro guía Miller la llevó sobre sus hombros con una fuerza sorprendente para un hombre de complexión delgada. Allí pasamos la noche luego de ofrecer el santo Rosario; a ella la llevaron en caballo con nuevas dificultades hasta el hospital. Al amanecer oramos, comimos lo que quedaba y emprendimos camino. Llegamos sobre el mediodía, terminaban el funeral de un joven cuya muerte había conmocionado al pueblo, quien presenció la fatal escena fue Esteban, de igual edad que el difunto y al saber de nuestras jornadas decidió emprender la Peregrinación, a modo de duelo y discernimiento, este joven fue una presencia serena y solidaria durante todo el recorrido.
 
Se evaluaron las fuerzas de cada peregrino, unos desistieron de continuar analizando entre el deseo y las posibilidades reales. Visitamos a Sandra, (que logró ser trasladada a Bogotá esa tarde) y al antiguo noviciado con su capilla en ruinas, después de haber sido usada en otro tiempo en eventos profanos. Con mucha alegría nos acogieron descendientes de quienes en otro tiempo vieran el auge del centro de formación que expresaban la gratitud por la presencia sagrada de los misioneros montfortianos.
 
El jueves madrugamos a orar y a emprender los pasos con rumbo a El Calvario; nos acompañó un lindo día soleado que nos permitió apreciar en la distancia una secuencia de maravillosas cascadas, el planear silencioso de las águilas, el aleteo en pleno vuelo de un majestuoso gallito de Roca con un plumaje de intensos colores naranja y rojo, los cultivos de maíz ya en cosecha. La Providencia se nos apareció en forma de campesinos que trasladaban su anhelada cosecha con ayuda de la canastilla sobre el río: un viaje de bultos de mazorca venía y un viaje de gente se iba a la otra orilla sin mayor complicación. Pasado el mediodía fuimos llegando a la desolada casa cural que nos acogió para el descanso; celebramos en la tarde la Eucaristía con la fiesta de Jesús, sumo y eterno sacerdote, el mejor puente (o diríamos canastilla) entre Dios y la humanidad.
 
Iniciamos una nueva jornada animada en la oración por dos peregrinos que ya no nos acompañarían, y que nos encomendaban al Corazón Sagrado de Jesús en la celebración de su solemnidad. Nos dirigimos a Montfort guiados ahora por Yenli y Julieth dos jóvenes estudiantes de grado décimo, que por la providencia del Señor salían a vacaciones y aceptaron esperarnos para guiarnos, chicas joviales, descomplicadas y serviciales. Pasamos por diversidad de paisajes, puentes, formaciones vegetales, quebradas, derrumbes peligrosos, encuentros con serpientes bien camufladas, toros imponentes, niños en caballos, saboreamos mangos, guayabas, agua prístina, pan, atún, dulces, galletas, comunidad, alegría desbordante, paz infinita, bosque encantador, eternidad…
 
Faltando un par de horas para arribar a Montfort, padre Alvarito expresó “el cuerpo habló” se refería a su rodilla derecha que dolía, fue allí donde Esteban y Ferney empezaron a turnarse su maleta. Llegamos por el sendero del cementerio, la primera cruz que se encuentra es en homenaje a un padre que luchó protegiendo a los jóvenes y por ello fue asesinado por aquellos que veían en los muchachos la posibilidad de reclutar para la guerra y el padre les resultaba un obstáculo. En contraste con esta dramática historia, unas bondadosas mujeres nos esperaban con un delicioso sancocho que repararía nuestras agotadas fuerzas. A pesar de que jugaba la selección Colombia, al toque de campana se acercaron varios pobladores para celebrar la Eucaristía.
 
En la madrugada del sábado luego de la habitual oración nos dirigimos al antiguo pueblo de Montfort pues el actual fue reconstruido en una zona aledaña por fallas geológicas. Sería nuestro último trayecto, con destino a Villavicencio, un camino más relajado con la sinfonía de los pájaros,  la orquesta de la lluvia, el encuentro con ciclistas, y el delicioso olor de la victoria que se percibía aún a lo lejos cuando se avistaba la ciudad bordeando el río  Guatiquía.

Al estar ya en el atrio de la catedral, a pesar de escurrir agua por todo lado, nos permitieron ingresar a dar un saludito al Señor, y de paso a los montfortianos y el dominico que iniciaron y consolidaron esa gran obra.
 
Fueron jornadas intensas, animadas por oración, canciones religiosas y paganas, historias, confesiones, lectura de vida, expectativas, sueños, cascadas, risas, tarareos, descansos para tomar impulso. El camino nos talla en el cuerpo y en el alma. Nos obliga a encontrarnos con nuestro interior más profundo, a veces nos impulsa a continuar y otras nos sugiere desistir, nos lleva al extremo, nos muestra nuestras fragilidades e impotencias, pero también nuestra confianza en Aquel que nos Ama de manera personal, incondicional y eterna.
 
Al llegar a nuestra “meta” dimos gracias al Señor de la Vida, que es Camino, Verdad, Puente, Corazón, Trascendencia, Belleza, Plenitud por esta incomparable y profunda experiencia de fe. Y sí, desde hace mucho, tuve el corazón en estos lugares que sin proponérmelo marcan mi identidad montfortiana. Todos esos padres fundadores extranjeros, de la mano de comprometidos hombres y mujeres compatriotas, son admirables y héroes por la fe.
 
Quiera el Padre que se nos infunda una partecita de su Espíritu para continuar extendiendo el Reino de Jesús por manos de María y puedan mis pies ya secos seguir llevándome a dónde está mi corazón.
 
 
Angela María
Misionera Montfortiana
A Jesús por María










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